Lara Belsue | Noticias de Mobiliario de Oficina La Ciudadela de Perpignan
La Ciudadela de Perpignan
Sèbastien Le Prestre de Vauban (Saint-Lèger-de-Fougeret, 1633-París, 1707), fue un militar, ingeniero y economista francés,  que sobre todo destacó en el campo de la ingeniería militar como conquistador y constructor de fortificaciones

Su extraordinario sentido común, su inteligencia, su gran conocimiento de la realidad y su integridad,  le hicieron, cuando se encontraba en la ciudad de Belle-îlle-en-Mer, construyendo la ciudadela que actualmente se conserva en perfecto estado, dirigirse a su superior, François Michel le Teiller, Marqués de Louvouis, a la sazón, Ministro de la Guerra de Luis XIV, escribiendo la siguiente carta:


Belle-île-en-mer, 17 de julio del año de gracia de 1685
 
Al Señor de Louvois
en su Palacio de Paris
Monseñor:
 
Hay algunos trabajos en los últimos años que no han terminado, y que no se terminarán, y todo eso, Monseñor, por la confusión que causan las  frecuentes rebajas que se hacen en sus obras pues es cierto que todas esas rupturas de contratos, incumplimientos de palabra y renovaciones de adjudicación no sirven a Vos mas que para atraer como contratistas a los miserables que no saben donde tienen la cabeza, a los pillos y a los ignorantes, y para ahuyentar a aquellos que son capaces de dirigir una empresa. Yo digo más, y es que aquellos que retrasan y encarecen cuantiosamente las obras no son más que rufianes, porque esas rebajas y economías tan buscadas son ficticias, y por tanto son contratistas que pierden y, como un naufrago que se ahoga, se agarran a todo lo que puede: ahora bien, agarrarse a todo  lo que se puede en el oficio de contratista es no pagar a los suministradores de los materiales, dar salarios bajos a los trabajadores, robar todo lo que se puede, tener a los peores obreros porque estos le ofrecen mejores tratos que los otros, usar siempre los materiales más baratos, buscar disputas sobre todas las cosas y siempre pedir misericordia contra esto y aquello.

Y de ahí bastante Monseñor, para hacerle ver la imperfección de esa conducta; abandónela pues, y en el nombre de Dios, reestablezca la buena fe, pague el precio justo por sus obras y no niegue nunca el honesto salario de un contratista que sepa cumplir con su deber,  este será siempre el mejor acuerdo que podréis hallar.
En cuanto a mi, Monseñor, os quedo verdaderamente reconocido de todo corazón. Vuestro muy humilde y obediente servidor,

Vauban

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